Solitarios
Jacinto el herrero tenía un mono. Lo compró quién sabe donde, quizá a uno de los buhoneros de la capital, y decidió adoptarlo, atándolo con una cadenita al palo que había bajo la buhardilla de su casa. El animal solía columpiarse y hacer ejercicios en el palo y, como la cadena que lo mantenía seguro era más bien larga, se aventuraba también al tejado, que tenía muy próximo, para espantar a los gatos. Allí además se despiojaba, tomaba el sol y gritaba cuando le venía en gana a la gente que acertaba a pasar por allí.
Si llovía o apretaba el calor corría a meterse en la casa por el ventanuco de la buhardilla. Quedaba entonces el palo como desnudo, anudado en su extremo por la cadena, y sólo se podía adivinar al animal porque aquella, de vez en cuando, se estiraba y crujía con fuerza.
En realidad, lo que más le gustaba al monito era quedarse en el tejado, sin más, viendo pasar las nubes. Por supuesto, sus principales admiradores eran los niños. Al principio le gritaban para que hiciera cosas, y éste no solía defraudarlos, saltando y aullando. Pero después, con el tiempo, dejó de prestarles atención. Los chavales, algunos, tuvieron a bien apedrearlo, a ver qué pasaba, y consiguieron que poco a poco el mono se volviera loco ante la algarabía general. Gritaba, brincaba e incluso maldecía, imaginaban ellos, en su lengua gutural, cuando los guijarros acertaban en su escuálido cuerpo.
Jacinto el herrero tomó cartas en el asunto y, tras algunas bofetadas, logró terminar con aquella bárbara costumbre infantil. Pero el monito, ganado por la desconfianza en el género humano, se volvió a partir de entonces huraño y agresivo. Con frecuencia escarbaba entre las tejas en busca de trozos rotos, tierra o raíces de musgo y los arrojaba contra cualquiera que pasara bajo su tejado. La calle de la herrería se volvió peligrosa. Los clientes, siempre escasos, terminaron por hacerse aún más esquivos, ante la consternación de Jacinto. Y lo peor es que los vecinos comenzaron a demandar una solución ante aquellas agresiones alevosas. El herrero intentó hacer entrar en razón a su mono sin éxito; éste no atendía a razones, quizá porque no entendía de razones humanas, y siempre conseguía escaparse por entre las tablas del tejado cuando intentaba dejarlo encerrado. Un mal día, el alcalde le hizo al herrero una visita nada protocolaria. Le expuso escuetamente el problema: recibía continuas quejas, debía deshacerse del mono. ¿Abandonarlo en los campos, quizá?, masculló el pobre de Jacinto que, en el fondo, lo quería mucho, pues nunca una mujer lo había querido a él. No, no, gruñó el alcalde, abandonarlo para que se encarame a los árboles de las huertas y se coma los higos, y espíe a las labriegas mientras se bañan... no; lo que tenía que hacer era matarlo, como cuando estaba en la guerra. En el fondo se trataba de lo mismo. Y Jacinto asentía, pensativo, porque era cierto que ya había matado antes, aunque no a monos, sino a hombres. Y el alcalde asentía también, satisfecho, y decía que ahora era mejor, porque los monos no tenían alma. Ni los alcaldes, ni los niños, ni los vecinos, rumiaba Jacinto. Y así quedó la cosa. Al día siguiente llamó a su mono, que en realidad nunca tuvo nombre, lo tumbó con fuerza en una mesa que había en el piso de arriba, robusta, y con una navaja de afeitar le cortó el cuello. Después limpió la habitación y lo enterró en el patio.
A los pocos días los clientes volvieron. Uno de ellos, el señor Farra, le preguntó como quien no quiere la cosa si no hubiera sido mejor haberlo dejado encerrado en una jaula, mientras miraba de reojo los retorcidos alambres de las verjas sin vender que se apilaban tras el mostrador. Jacinto no respondió, solo cobró la trampa para ratas que le había encargado y metió las pesetas en el cajón de los tornillos. Luego guardó silencio y así se quedó el resto del día.
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